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El monarca y el ermitaño
01/02/2021

El monarca le pidió a un buen número de sabios que le realizaran una obra fabulosa y sin precedentes sobre la historia del ser humano. Pasados muchos años, los sabios se presentaron ante él con un centenar de gruesos volúmenes y le dijeron:

-Aquí hemos incluido la historia del ser humano.

El monarca hizo un gesto de desencanto y dijo:

-No me queda vida para leer tal número de volúmenes. Tenéis que condensar este conocimiento.

Pasaron tres años más y los sabios presentaron diez volúmenes ante el monarca, que dijo:

-No, no tengo tiempo de leer tantos volúmenes. Por favor, esforzaros más y sintetizar.

Pasados dos años, regresaron los sabios con cinco volúmenes.

-Ya no me queda casi tiempo- se condolió el rey-. La vida pasa y llevaís muchos años tratando de hacer esa obra que se refiere a la historia del hombre. No tengo tiempo. Esforzaos por sintetizar más. Si no os dais prisa, moriré antes de ver acabada esa obra.

Entonces un desconocido se adelantó y dijo:

-Señor, perdonad mi intromisión. Soy un yogui y os puedo resumir, como deseáis, en pocas palabras la historia del ser humano.

El rey le miró sorprendido y dijo:

-Si de verdad podéis, hacedlo. ¿Cuánto tardaréis en escribir la obra?

-No necesito escribirla, señor. La tengo bien presente en mi cabeza.

-Habla, pues, desconocido.

Y el yogui dijo:

-Majestad, la historia del hombre es que nace, vive entre el placer y el sufrimiento, y muere.

Minutos después de escuchar esas palabras, el monarca, complacido por el resumen, murió.

 

Reflexión

El maestro espiritual que vierte sus enseñanzas en este relato nos dice que la vida es como un alambre y que hay que aprender a caminar por él como un buen funámbulo lo hace por el alambre de su prueba de equilibrio: con atención, esfuerzo bien encauzado, sosiego, ecuanimidad, confianza en uno mismo, sentido del aquí y ahora, elegancia, fluidez y una comedida intrepidez.

La vida es un alambre que se extiende del nacimiento a la muerte, y en su recorrido encontramos placer y dolor, alegría y sufrimiento y, finalmente, la muerte inexorable, que forma parte de la vida y cuyo recordatorio debe servirnos no para abrumarnos, angustiarnos o deprimirnos, sino para aprovechar la vida elevando el dintel de la conciencia y relacionándonos mejor con nosotros y con los demás.

Hay muchos eventos, menores o mayores, en la vida de una persona, pero de hecho se nace, se vive (entre fortuna o infortunio, contento y pesadumbre) y se muere. Pero se puede pasar por el “alambre” con compasión, conciencia clara y corazón tierno, cuidado de sí y de los demás, o se puede cruzar por él de manera mecánica, sin equilibrio ni sosiego, convirtiendo la vida de una mala copia de lo que debería ser.

Hay que aprender a encarar el placer y el sufrimiento con esa ecuanimidad que nace de la visión clara y la comprensión profunda, sin dejar de ser uno mismo, tratando de permanecer en el propio centro y sin dejarse alienar.

La ecuanimidad nos ayuda a mantener el ánimo estable a pesar de las vicisitudes existenciales y nos enseña a reequilibrar cada vez que tenemos a desarmonizarnos dejándonos llevar por estados extremos de ánimo.

Como se vive entre placer y el sufrimiento, tratemos de procurar dicha a los demás y evitarles dolor. Existen tres clases de sufrimiento: el inevitable y que alcanza a todos los seres, el que la mente ofuscada o perversa provoca en otras criaturas y el que nos hacemos inútilmente a nosotros mismos.

El sufrimiento inevitable hay que aceptarlo conscientemente, pero el que engendramos a los demás y a nosotros innecesariamente hay que ir evitándolo mediante el esfuerzo, la transformación interior y el mejoramiento de la mente.

En ese escenario de luces y de sombras que es la vida, hay que aprender, a pesar del placer y del dolor, a mantener sosiego.

Son hermosas e inspiradoras las palabras de Yoga Vasistha que dicen: “A aquel que contempla en calma el transcurso del mundo tal como se desarrolló o se presenta ante él y permanece sonriente pese a las vicisitudes, se llama yogui imperturbable”.

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